Archivo

Archivo periodístico 1952

Recorte de periódico publicado el Sábado, 7 de junio de 1952

Apenas se han apagado los últimos acordes musicales y todavía repite el eco las detonaciones de los cohetes de la otra Cruz, cuando nueva y más potente salva explosiva atrona los aires y vemos a La Palma lanzarse a la celebración de la Cruz de la Calle Cabo.

Y han sido los días 23, 24, 25 y 26 de mayo, días de obligada alegría en los que los “bartolos”, superando como siempre a sus contrarios los “piomperos”, han hecho que la fiesta de su Cruz no sólo brille más que la otra, sino que se eleve muy por encima de todas las de Andalucía y no exageraríamos al decir que no tiene igual en España.

Anochecía el día 23 y los palmerinos se habían volcado sobre la calle del General Franco; se notaba gran concurrencia de forasteros y por la alegría y bullicio reinante se presentía que un magno acontecimiento iba a tener lugar. Y efectivamente, a las diez menos veinte hizo la entra en tres camionetas, nada menos que la banda del Tercio, segunda de la Legión , del Duque de Alba que fue recibida con una calurosa ovación. Acto seguido, se organizó un brillante desfile ene. Que era de notar una insuperable marcialidad; el ensordecedor sonar de los tambores, los estridentes toques de las cornetas y el manifestado ímpetu eran los que arrastraban tras de si a la ingente muchedumbre que llena de emoción, seguía el acelerado paso de los legionarios. Al frente, marchaba la escuadra de gastadores, que a la señal del cabo respondían con una serie de filigranas que se cautivaban la admiración de la ciudad.

Detrás del cabo marchaba la “mascota”, que era un borrego sobre el que montaba un gracioso mono que se asia a los retorcidos cuernos de aquel.

Ante el Ayuntamiento entonaron su himno que nos acabó de emocionar por completo.

Amaneció el día 24; el sol brillaba en un ciclo adornado por sutiles nubecillas, que lejos de restarle belleza la aumentaba con su blanco color. Ciertamente era un milagro, pues el día anterior había llovido y se temió que se aguara la fiesta. Pero el Príncipe de los apóstoles, cerraba los grifos del cielo, había hecho reír al sol y al mismo tiempo a los preocupados palmerinos.

Aquella mañana, la Legión alegró el oído con alegre diana, recorriendo las calles que se veían inundadas de ciudadanos. Los gastadores se entrecruzaban realizando matemáticos movimientos de fusiles. Mientras que el sol sacaba brillantes destellos de las palas y picos que como símbolo portaban aquellos sobre sus espaldas. Los chiquillos corrían como locos tras el mono, que vestido de legionario y con dos diminutas pistolas en el cinto se mostraba orgulloso sobre su mansa cabalgadura.

Y llegó la tarde, tarde feliz y pletórica de gracia; a las siete comenzó a salir el típico y tan tradicional romerito. Como siempre, abría paso el tamboril y la mula que portaba el símbolo de aquella romería, dos haces de romero y la bandera nacional. Seguía la Policía Armada de Sevilla y gran número de caballería; los jinetes mostraban con orgullo sobre las grupas de sus caballerías a bellas muchachas que lucían con gracia el traje andaluz y adornaban sus cabezas con flores de variados colores. A continuación marchaba armoniosamente la banda de la gloriosa Legión, y veíamos girar en el aire un bastón rematado en brillante bola de cobre que hábilmente lanzaba un legionarios y que después recogía para trazar caprichosos círculos a su alrededor. Continuaba interminable fila de coches y carrozas, que formando gigantescas figuras con policromadas flores daban a la caravana tal realce y brillo que nos hacía pensar que aquel año había rebasado el éxito de los anteriores y tranqueado los límites de la locura.

Mientras tanto, el aire traía hasta nuestro oído alusivas canciones que interpretaban nada menos que nueve bandas de música, entra las que figuraban la municipal de Huelva.

Después de largo recorrido, tornaron a la calle Cabo, donde tuvo lugar por un jurado compuesto de las autoridades y hermandad, el reparto de premios. Fueron dados los premios de caballo a una bien ataviada pareja que montaba yegua de bella estampa y a tres amazonas que dominaban con soltura a sus briosos corceles. Y los de carrozas correspondieron a una que formaba tres colosos y niveas caballos en los que rezaban ojos y cascos negros y riendas granas parecido a una cuadriga, que era montado por tres bellas y simpáticas muchachas que, en unión de otras varias colocadas alrededor de las figuras, nos hacían ver la gracia de las mujeres andaluzas. El otro fue ganado por otra que representaba un encantador rincón de un patio árabe.

Y aquella noche serena, cuando las metálicas voces del reloj dejaron sonar las doce de la noche, salía de la iglesia parroquial la magna procesión del Santo Rosario toda majestad belleza y llena de espíritu religioso. Las cornetas y tambores de la Policía Armada lanzaban al aire sus toques y redobles que se entremezclaban en perfecta armonía. Luego en dos interminables hileras marchaban los caballeros y seguían las mujeres en las que veíamos sobre el traje del romerito ricos mantones cuyos bordados formaban arabescas figuras y graciosamente cubrían sus cabezas con blancas mantillas de blondas y sobre sus pecho prendían con gran arte rojos claveles que, exhalando riquísimos olores, saturaban el aire. Cerraban el paso un Simpecado de terciopelo grana con la imagen de Nuestra Señora del Rocío, y detrás, con acompasados pasos, marchaba la banda del Tercio que nos hacía deleitar al escuchar escogidas piezas.

Eran las diez y treinta de la mañana del domingo, día 25, el templo rebosaba de fieles y en el altar mayor, cuajado de velas y flores, figuraba la Cruz que extendía sus brazos como si con ellos quisiese abrazar a sus hijos que le adornaban postrados a sus pies. Había comenzado la función y una nutrida capilla musical hacía sonar sus voces que se elevaban envueltas en nubes de incienso. Al Evangelio ocupó la Sagrada Cátedra el elocuente escolapio R. P. Bernabé Ruiz, que supo hábilmente tratar de varios pasajes de la vida de Cristo y con acertadas palabras llegó hasta lo más hondo de los corazones de los fieles emocionándolos vivamente. Como guardas de honor figuraban ante el altar mayor la escuadra de gastadores, y de diez en diez minutos se relevaban verificándolo todo al golpear el cabo en el suelo con la culata del fusil y con exactos cambios de fusiles y bellos movimientos se cruzaban con los que llegaban.

A la una salió en procesión la Cruz ; varios hermanos montados a caballo y portando estandartes y varas de la Hermandad , abrían paso acompañados del tamboril. Luego seguía la banda de la Policía Armada para continuar todos los hombres y el paso de la Cruz , la cual, bordada en oro, brillaba bajo los rayos del sol, en medio de blancas flores y detrás la banda del regimiento de Soria. Y después, un gran número de mujeres que lucían sus mejores galas, y finalmente, el Simpecado y la Gloriosa Legión.

A las siete de la tarde, y en el Grupo Escolar, tuvo lugar por la banda de la Legión un concierto musical a beneficio de los pobres de la Conferencia de San Vicente de Paul, y pudimos escuchar un selecto programa.

Y aquella noche, la calle Cabo, se veía imponente para contener a la muchedumbre; grandes bailes con repiques de castañuelas a los que acompañaba el clásico tamboril, y el aire era cruzado por numerosos cohetes que caían sobre la ciudad en policromadas cataratas. Los legionarios dieron otro concierto sobre el tablado que fue radiado pro los micrófonos de Radio Sevilla convenientemente instalados en él.

El lunes, día 26, y como fin de fiestas, alegraba a la calle los toques de la del regimento de Soria y lucía todavía el magnífico alumbrado eléctrico y luego, a las doce, fue trasladado el Simpecado hasta el templo.

Estas fiestas han quedado grabadas con letras de oro en la mente de los palmerinos y el gran realce y brillante esplendor han dejado un buen sabor y un hondo sentimiento en nuestras almas.

Domingo García Aguilar.

Ver documento original